Hasta el amanecer 2
CAPITULO II
![]() |
|||||||||||||
Su habitación en casa de su tío era pequeña, con las paredes pintadas de la misma cal blanca del faro y cortinas estampadas de colores claros, tenía los muebles justos para que resultara cómoda y no faltara espacio, una cama, un armario y un escritorio de madera con una silla. La ventana daba al mar, se respiraba un agradable olor a salitre; sentada en el suelo, con la cabeza contra el filo del colchón, Lucía pensaba en la sonrisa de Eva. Y en sus ojos. Y en sus brazos, bronceados por el sol y llenos de pecas. Y en sus labios. Le gustaba; si, le gustaba mucho. Mucho. Demasiado… suspiró mirando al techo, desde esa postura si giraba un poco el cuello podía ver el cielo, sin una nube, a la vez que entraba la marea de la tarde. En aquella semana le había enseñado ya todo el pueblo, el funcionamiento del faro, la playa, las rocas donde podían encontrar erizos y cangrejos… tenía una energía, una vitalidad que parecía no acabarse nunca, una risa… irresistible, sólo con oírla le daban ganas de reír también a ella; era increíble, pero solo en siete días era como si sólo existiera aquella cala y aquella chica para ella. Cada vez que la veía se sentía la chica más feliz del mundo, su piel se estremecía al más mínimo roce, sentía una especie de cosquilleo desquiciante por las caderas que le subía hasta la garganta, hasta la boca y su ansias y se mezclaba con esa otra sensación, más profunda y dolorosa, que encogía su alma dentro del pecho. Por las noches sólo soñaba con estar con ella, con saber que ella también estaba en sus sueños, que de alguna forma también le pertenecían, soñaba con confundirse con su ropa y susurrarle interminables palabras de amor para sentirla derritiéndose en sus brazos como ella se derretía al imaginarlo. Era… intentaba encontrar la palabra que pudiera describirla, cogió el papel y escribió: ¿… como un rayo de sol reflejado en un rayo de luna, como la espuma del mar que te salpica y te llega al corazón?. Se quedó pensativa. Se llevó una mano a la cara frotándola lenta pero fuertemente; no, no. ¿Se había enamorado?… Deseaba acercarse a su oído y girar de improviso hacia su cuello, aspirar su aroma, besarla… Ayy… no, te has enamorado Lucía, te has enamorado y no es sólo este cielo, esta playa, este verano. Es tu chica. Es…
Pero no pudo terminar la frase, se echó a llorar con la cabeza entre las piernas y el alma en cada lágrima.
Se levantó y se dejó hundir en sí misma con Sinead O’Connor, Nothing compares you llenaba todo el vacío que las paredes retenían. Llevó una mano al cristal mientras contemplaba el atardecer poniéndose contra el azur salino y una palabra brotaba cálida y serena de sus labios: Eva. En ese momento se abrió la puerta. El farero se quedó mirando sin entender la escena que se escondía a sus ojos; los misterios de la juventud, pensó, se acercó a su sobrina con cariño, ese cariño natural, algo torpe y amable que caracteriza a los marinos en tierra, gente de pocas palabras y manos que se tienden, dadas.
- Como pongas la música tan alta no vas a escucharGran canarioparatorpes cuando la cena esté lista y se te enfriará.
Apartó su rostro de la ventana y le dedicó la mejor sonrisa que pudo reunir.
- Lo siento, tío.
Era un hombre sin hijos, su mujer hacía tiempo que descansaba en un lugar desde donde sólo se podían ver las margaritas y los hinojos silvestres, pero reconocía lo que había detrás de aquellos ojos marrones, con aquel brillo inconfundible.
- Lucía ¿de verdad que estás a gusto aquí?
- Tío, me encanta esto, es… genial, de verdad.
- ¿Entonces qué es?
- Nada, no es nada. Sólo… nada.
Se encogió de hombros.
- Nada.
Sus ojos decían una verdad muy distinta; era todo, todo, estaba enamorada,
perdidamente enamorada de aquellos rizos pelirrojos que soñaba acariciar una
y otra vez.
Manuel le plantó un sonoro beso en la mejilla y se encaminó hacia la puerta.
- ¿Sabes? me recuerdas a tu madre… eres igual que ella, tan melancólica,
tan lejana con esa expresión soñadora… Ella también tenía esa mirada,
siempre me recordó en brillo que tiene el metal del ancla cuando está bajo
el agua. Era capaz de conseguir cualquier cosa que se propusiera, sabía que
sólo ella podía encontrar su puerto.
No vuelvas muy tarde esta noche, tienes que ayudarme a encender el faro, Eva
tiene el día libre.
- ¿Qué?
- Que Eva tiene el día libre así que tienes que quedarte tú.
- Ah. Vale. Si, estaré a las 12.

A veces la espuma del mar, un trozo de azul de cielo, unas pisadas sobre la arena, llevan dentro una de tantas historias de amor que nos vencen y nos elevan, hasta el infinito
CAPITULO 1
La luz sobre el mar despedía reflejos que le hacían entornar la vista al mirar el horizonte azul. Estaba descalza sobre la fina arena mojada con las zapatillas atadas por los cordones colgando de una mano, su mirada absorta se doraba al calor del sol de agosto, respirando el profundo olor a sal y a algas, a lágrimas y a corazón temblando en las alas del viento. Mientras paseaba, lentamente, sintiendo como el agua bañaba su piel, se dejaba invadir por el sonido de las olas que rompían y morían en la orilla; se agachó y siguiendo un impulso dibujó un corazón en la arena y en él dos nombres, Eva… y Lucía. Lucía. Se quedó mirando un momento con el tiempo perdido aquel nombre. En cuclillas, el atardecer empezó a caer sobre sus ojos y con él las primeras estrellas, levantándose, humedeció de blanca espuma su cara y pronunció su nombre en alto: Lucía. Su alma estaba muy lejos de aquella mar, su voz empezó a recordar y a dejar morir también su pena bajo la luna.
————————-
La puerta quedó abierta, en el vaivén sus latidos giraban al ritmo de los goznes de cobre, o tal vez de plata, sin óxido, relucientes, marítimos como las ideas que marcaban las cadencias de esa voz lejana, la brisa. No era de hierro, no tenía cerradura ni siquiera alguien que la cuidara; cuántos días habría visto pasar la madera desteñida de barniz, no se sabía, pero ahí estaba, girando una y otra vez sobre sí misma, atrás, adelante, atrás, adelante, de nuevo atrás, balanceándose sin prisa dentro de su marco blanco, absuelto de cualquier crujido o rasguño que indicara que por allí había pasado el tiempo. Se respiraba limpieza, el seco olor a cal junto con la aspereza de su tacto, el mar hacía más blanco si cabe el color del faro donde a intervalos irregulares se veían tres ventanas encajadas en sus pequeños marcos marrones con un poco de hierba, rala, creciendo en algunas esquinas.
Al fondo había una escalera, desde abajo parecía que ascendiera interminablemente, como si llevara al trono de algún Dios esperando con los brazos abiertos en la entrada del paraíso. Si empezabas a subir, te ibas dando cuenta de que algunos peldaños estaban sueltos, otros casi en equilibrio sobre el aire, algunos conservaban un aspecto libre de polvo y de humedad, en ninguno había señales de insectos o de suciedad, sólo las huellas que habían marcado el paso lento de muchas pisadas cansadas. Al llegar a la cima, lo primero que te sorprendía era el cambio tan grande, o quizás brusco, que se daba de repente en la mirada de quien subía; esperabas ver aparecer suavemente un aumento gradual en la luz, un tono cada vez más claro en las paredes, también blancas por dentro, respirar acaso el polvillo de la hojarasca y las ramillas amontonadas al levantar el vuelo una gaviota asustada… Sin embargo el blanco cambiaba de apagado a deslumbrante, radiante, en un segundo te sentías inundada por la luz como por una ola gigantesca de calor mojado, cegador, pero de una forma tan agradable que en seguida, de alguna manera, te sentías en casa, como si al levantar los ojos con una mano a su altura y desaparecer por un instante de ti misma en el horizonte inmensamente azul que se abría ante ti, siempre lo hubiera sido.
Lucía salió al balcón y se quedó mirando al mar apoyada con los codos en la vieja barandilla de hierro. La vista era realmente magnífica, desde allí se divisaba todo el Mediterráneo, parecía no tener fin, al este, norte y oeste agua, al sur el cabo de San José. Dejó escapar un suspiro, solamente podía pensar en como sería su nueva vida rodeada de todo aquel azur, siempre había querido vivir en un sitio así, ahora lo sabía, al principio de conocer la idea se había negado en rotundo, sus amigos, su casa, su familia, su ciudad… Madrid era algo que no cambiaría por nada, dijo… pero la sonrisa que se dibujaba en su rostro desmentía sus palabras.
La conoció esa misma mañana, solía ir allí a menudo, estaba enamorada del mar como tantos espíritus anclados en tierra. De vez en cuando se llevaba una mano al pelo que la brisa jugaba a despeinar, como si la hubiera presentido desvió la vista un instante hacia ella, más tarde pensaría que fue en aquel momento cuando perdió su corazón en sus manos, entonces sólo pudo sentir que rozaba el cielo al sentir sus ojos azules en los suyos. Se quedó un instante mirándola, era casi como si la hubiera estado esperando.
- Veo que has encontrado el faro por ti misma - una fresca voz sonó con el pelo alborotado - ¿esa sonrisa significa que te gusta?
- Siii… es… es sencillamente magnífico, nunca había visto el mar ¿sabes? - la miró directamente, parecía que las sorpresas allí nunca acabaran porque era la chica más guapa que había visto - mi tío me había hablado mucho de esto pero…
- … no sabías si sería suficiente para dejar Madrid ¿verdad?… :D… no me mires así, sabía que vendrías porque tu tío me lo dijo, eres la sobrina de Manuel; yo soy Eva, mis padres son pescadores y ayudo a tu tío con el faro… Tienes razón es magnífico.
Se miraron un intenso segundo a los ojos.
- Yo soy Lucía. Mmmm… ¿qué te parece si me enseñas tu el resto?
- Claro. Ven, daremos una vuelta por la playa.
- Vale. Aunque da lástima dejar esta vista… durante las noches tiene que ser aún más bonita, cuando se encienda y todo sean puntos de luz.
- Si… a mi me encanta, señora poeta, :D.
- :D…
Bajaron por la escalera de caracol y Eva cerró la puerta pensando que parecían de la misma edad, unos 18 o 19 más o menos calculó a ojo, lo que si sabía es que le había caído muy bien, llevaba unos vaqueros desgastados y una camiseta de tirantes blanca, con el pelo negro largo. Se miraron de nuevo y se echó a reír.
- ¿Porqué me miras tanto? :D… ¿te dijo mi tío que las madrileñas somos bichos de ciudad inadaptados a la costa? Tranquila, de momento no me he vuelto verde ni nada de eso…
- :D… no, me preguntaba que edad tendrías.
- 18 ¿y tu?
- 19
Silencio.
- Creo que voy a estar aquí bastante tiempo esta vez, lo presiento. Mi padre ha conseguido un buen trabajo en el puerto.
- Siento lo de tu madre. Manuel me lo contó…tiene que ser duro para ti venir a una ciudad que no conoces, perder a tu madre en aquel accidente y casi no ver a tu padre.
- Si… lo es. Ahh, pero… ¿has visto que bien suenan las olas al romper en la orilla? Creo que me meteré con ropa y todo…
- Estás loca - dijo riéndose - eh!… espérame!
Eva echó a correr detrás de Lucía que ya tenía el agua hasta las rodillas y estaba quitándose la camiseta descubriendo un bikini celeste
















